¡Bendita usabilidad!

By Txell Rovira | 11 marzo 2016

Durante los años ’90 se desarrollan los primeros navegadores gráficos que permitían a los usuarios navegar por la web. El recorrido para que cualquier computadora pudiera conectarse a la WWW, presentada al mundo en 1991, será largo pero a finales de esta década su uso, si bien aún escaseaba a nivel doméstico, se extendía sin freno camino de convertirse en el entorno que hoy conocemos. Para hacernos una idea del crecimiento de internet, un dato: en 1.992 apenas existían 10 páginas web mientras que actualmente existen más de 1.000 millones que no paran de aumentar a cada segundo (en internet live stats encontraràs algunos datos más y un contador de webs publicadas, actualizada en tiempo real, puf!).

Por aquel entonces, los usuarios teníamos que enfrentarnos a interfaces como ésta de Altavista (1999, fuente Wayback Machine); nos parecían maravillosas y lo eran (internet existía!).

La evolución del desarrollo web a todos los niveles (front y backend) ha sido espectacular y en la actualidad, con paciencia y un equipo experto al teclado, podemos lograr que nuestra web haga prácticamente cualquier cosa.

Los cambios que la tecnología (hard y soft) y el conocimiento acumulado durante las pocas décadas de vida que tiene aún la red, ha permitido a diversos perfiles profesionales dar un giro fundamental en la orientación de las páginas web. Pero hasta que las restricciones tecnológicas no se lo han permitido, los diseñadores estaban obligados a ceñirse a un estrecho corsé y, además, trabajar en un entorno desconocido, sin herramientas específicas, construyendo corpus de conocimiento y metodología sobre la marcha (lo que viene a ser un pionero, vaya). Aún tendrán que pasar unos años para poder disfrutar de diseñadores web nativos sin poca, o ninguna, relación con el diseño gráfico, y plenamente conscientes de lo que se le puede y se le debe pedir al código.

Pero cuando el corsé se aflojó y la creatividad pudo soltarse la melena, y no solo la de los profesionales también la de cualquier usuario de la red, hubo una especie de fiebre por el gif, el color y la combinación de mínimo cinco tipografías. Normal, todos los principios son una etapa experimental. Pero hubo un tiempo en que las webs eran o un austero tostón o un festival de colores y movimiento. Lo difícil en ambos entornos, era encontrar lo que uno buscaba. Aunque estábamos acostumbrados: en aquel entonces se navegaba así, era una aventura encontrar información sobre algo en particular. 

Al principio las webs se concebían como la interface de un sistema de carpetas llenas de información, sobrio y ordenado según la estructura mental del equipo de desarrollo. Tiempo después, llegaron los gifs y los banners por doquier (si no te acuerdas o no has visto cómo era, aquí un ejemplo La peor web del mundo de todos los tiempos), culminando en una etapa mucho más digna: la del Flash.

Lo curioso es que las empresas y los desarrolladores se esforzaban mucho en clasificar y/o animar el contenido, pero costó unos buenos años que se dieran cuenta de que lo más importante en el entorno web es siempre, siempre, siempre, la misma variable de la ecuación: el usuario. Un día las webs dejaron de mirarse el ombligo y miraron más allá, gracias a la tecnología que les permitió levantar la cabeza. Las compañías volcaban su información corporativa en su plataforma online, como si de un catálogo o de una especie de contestador automático completito se tratara. Hasta que algún observador avispado reconoció lo obvio: la mejor manera que tenemos de presentarnos digitalmente (¿y presencialmente?) a alguien, es poniéndoselo fácil.

Todo el conocimiento que uno pueda tener de su organización no solo es una rica fuente de información también lo es, inevitablemente, de distorsión. Paradójicamente ocurre algunas veces, que cuanto más sabemos de algo, más incapaces somos de explicarnos con claridad y para todos los públicos. Hay que ponerse en la piel del otro y, en ocasiones, una alta implicación simplemente no nos es de ayuda.

Cada vez sabemos más del comportamiento del usuario en una web lo que nos permite allanarle al máximo el camino. Y el grado en que se consigue viene a ser su índice de usabilidad.

La usabilidad se refiere a la fluidez en la interacción que conseguimos de forma inmediata con una herramienta, como por ejemplo una web. ¿Cómo de fácil o difícil resulta encontrar un contenido concreto, un producto, completar el proceso de compra, contactar con la empresa, acceder al área privada…? Y ese largo etcétera que puede llegar a ser una web.  

La usabilidad es inversamente proporcional a la necesidad de aprendizaje por parte del usuario: cuánto menos tiene que aprender a usar una herramienta (web, aplicación, editor de texto…) más usable demuestra ser ésta.

¡Ah, la usabilidad!

Sin duda, se merece un post -o dos- para ella solita.

¡Saludos!

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